Crítica creación

Más que una hermenéutica, una erótica del arte

Aug 17, 2009 10:43pm
Sabía que existían, claro, pero igualmente conocí a Talking Heads tarde. Un gordo amigo me prestó Sand in the Vaseline: Popular Favorites, una compilación maravillosa, editada cuando el grupo ya se había separado (1992). Todas las mañanas me despertaba escuchando “Sugar on My Tongue”, una canción increíble, y me parece que si recuerdo algo de esa época es justamente por esa canción. El día que comienza no es exactamente como cualquier otro si lo primero que se escucha es Talking Heads.
Eso sí: lamento que un melómano como yo haya descubierto tal cosa ya con demasiados días empezados. Me avergüenza. 
En estudio eran únicos, ese disco lo demostraba de sobra, con tantos prodigios provenientes de diferentes momentos: no importaba quién estuviera tras la consola, ellos mismos o Brian Eno, en disco los Talking Heads eran eso, sencillamente únicos, increíbles.
Pero después me enteraría de que en vivo lo eran aún más, tal vez, sí, la mejor banda del mundo. La película-concierto Stop Making Sense, dirigida por Jonathan Demme, nada menos, lo demuestra de sobra: las excentricidades de  David Byrne parecen allí más que justificadas, un producto artístico en sí mismo, más una banda que detrás, pero no mucho, no llega demasiado tarde a nada.
Y The Name of This Band Is Talking Heads es otro tanto.
Se lanzó en 1982, como disco doble: el primer disco es el cuarteto en momentos que van de 1977 a 1979, y el segundo ya lo ocupa la obsesión de Byrne por las mega bandas y por la world music que le había empezado a agarrar por entonces, va del 80 al 81 y es igualmente genial, pese a la cantidad de gente que lo ocupa (a veces unos diez músicos en escena). Igualmente, las mejores canciones están en el primero: “Psycho Killer”, “Heaven”, “Love - Building on Fire”, “Memories (Can’t Wait)” y así.
Es un disco en sí mismo. No un grandes éxitos o algo como eso.

Si en su disquería amiga no lo consigue, pruebe aquí:

http://www.mediafire.com/?vwyvmqdtmyd

http://www.mediafire.com/?j5mme22vjgy

Sabía que existían, claro, pero igualmente conocí a Talking Heads tarde. Un gordo amigo me prestó Sand in the Vaseline: Popular Favorites, una compilación maravillosa, editada cuando el grupo ya se había separado (1992). Todas las mañanas me despertaba escuchando “Sugar on My Tongue”, una canción increíble, y me parece que si recuerdo algo de esa época es justamente por esa canción. El día que comienza no es exactamente como cualquier otro si lo primero que se escucha es Talking Heads.
Eso sí: lamento que un melómano como yo haya descubierto tal cosa ya con demasiados días empezados. Me avergüenza.
En estudio eran únicos, ese disco lo demostraba de sobra, con tantos prodigios provenientes de diferentes momentos: no importaba quién estuviera tras la consola, ellos mismos o Brian Eno, en disco los Talking Heads eran eso, sencillamente únicos, increíbles.
Pero después me enteraría de que en vivo lo eran aún más, tal vez, sí, la mejor banda del mundo. La película-concierto Stop Making Sense, dirigida por Jonathan Demme, nada menos, lo demuestra de sobra: las excentricidades de David Byrne parecen allí más que justificadas, un producto artístico en sí mismo, más una banda que detrás, pero no mucho, no llega demasiado tarde a nada.
Y The Name of This Band Is Talking Heads es otro tanto.
Se lanzó en 1982, como disco doble: el primer disco es el cuarteto en momentos que van de 1977 a 1979, y el segundo ya lo ocupa la obsesión de Byrne por las mega bandas y por la world music que le había empezado a agarrar por entonces, va del 80 al 81 y es igualmente genial, pese a la cantidad de gente que lo ocupa (a veces unos diez músicos en escena). Igualmente, las mejores canciones están en el primero: “Psycho Killer”, “Heaven”, “Love - Building on Fire”, “Memories (Can’t Wait)” y así.
Es un disco en sí mismo. No un grandes éxitos o algo como eso.

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