Crítica creación
Más que una hermenéutica, una erótica del arte
Se sabe, los japoneses están todos locos. Por lo menos sus chefs y sus músicos. En lo primero tienen a Seiji Yamamoto, que hace “salsas de diseño”, que vaya a saber Dios qué será, y que ideó una impresora que funciona con tinta de calamar. O sea, hace anuncios que se comen. Y en lo segundo tienen a Boris, a Sigh, bandas que le escapan a cualquier definición, que simplemente hacen lo que les viene en gana. Y tienen a Cibo Matto. Bueno, en realidad es New York quien tiene a Cibo Matto, porque la banda se formó ahí, pero como sus integrantes son japoneses, Yuka Honda y Miho Hator, es justo decir que es la tierra del sol naciente y no la de la manzana la que tiene el orgullo de haberlos parido. La banda duró poco, del 94 al 2001, y está bien, porque una banda que se respete no puede durar más de eso.
De su primer disco, Viva! La Woman (1996), se habló mucho, con bastante razón. Al fin se podía escuchar un trip-hop como la gente que no viniera de Bristol.
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