Crítica creación
Más que una hermenéutica, una erótica del arte
El metal progresivo ha tenido desde siempre mala prensa, en parte por no ser ni metal ni progresivo y en parte por ese sonido empalagoso que siempre lo ha caracterizado. En realidad, nadie sabe dónde meter este género, qué cosa hacer con él. Todo el mundo se pregunta si sirve para algo más que para enseñarle a alguien a tocar bien la guitarra (o para enamorar adolescentes en la parte de las baladas, donde a veces el género se puede confundir con unos Europe de pronto buenos o unos Whitesnake sin Coverdale).
Cuando apareció Cynic, banda de Miami, allá por el 87, se pensó que el género había culminado. Después de ellos, todo estaría de más. La banda era demasiado frondosa, tocaban bien, cansaban, no tanto por lo complejos, que lo eran, sino, de nuevo, por ese sonido chicloso, que uno no se termina de tragar nunca. Pero después, o pegadito a ellos, vino Dream Theater. Sufrían de lo mismo, pero se veían bien en las fotos y las revistas de guitarra y de bajo los amaban, tanto que sus integrantes se convirtieron en asiduos columnistas y colaboradores. Es más, muchos osados practicantes los conocieron por eso, no por sus discos, algunos de ellos memorables y otros simplemente aburridos.
Pero también está la banda Conception, que no salen bien en las fotos, que casi nadie conoce y que, quizá por ser menos pretenciosos, no cansan tanto al oído. Me pregunto si en algo influirá que vengan de Noruega y no de donde suelen venir estas bandas. Su segundo disco, Parallel Minds, del 93, es considerado un clásico del género. Y casi que se lo merece.
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