Crítica creación

Más que una hermenéutica, una erótica del arte

Mar 18, 2009 12:02pm
Dicen los que saben que Lucinda Williams es demasiado buena para este mundo. Quizá sea cierto, aunque también sería injusto no tenerla. No se hacen muchos discos como los de ella, preciosos y a un tiempo preciosistas, dos cosas que curiosamente no suelen ir bien juntas. No graba mucho, pero así es con todo artista exquisito. Además opera aquí una cuestión de simple imposibilidad: no se puede producir algo tremendamente bueno cada dos por tres —al menos que sea cierto eso de que debería pertenecer a un mundo mejor, y no a este.
Pero las buenas cosas llevan su tiempo y ella lo sabe más que nadie. O mejor dicho sus músicos, a quienes no duda en hacerles grabar el disco entero de nuevo si no quedó del todo bien. Esto es poco. Hay que decir: del todo sublime. En más de treinta años como compositora, cantante y guitarrista, Lucinda ha grabado apenas un puñado de discos. Y todos han pasado frente a nuestras narices como el arte verdadero suele pasar: silenciosa, calladamente, para que después, quizá mucho después, cuando ya estemos listos, vayamos corriendo a buscarlos.
No sé mucho de inglés, pero me late que todas sus canciones hablan de cierto peligro, o imposibilidad, el amor. Se puede percibir que se trata de ello nada más “oyendo” cómo canta, o susurra o grita o dibuja en el aire sus canciones. O viendo nada más lo que hacen en nosotros.
En lo personal, su música me hace acordar mucho a Kate, el personaje de la serie Lost. Son canciones de una mujer que huye. Tal vez de lo más peligroso, lo imposible, lo perfecto, lo ya descrito, lo que no se puede describir.
Car Wheels on a Gravel Road es su quinto disco.

Si en su disquería amiga no lo consigue, pruebe aquí:

http://rapidshare.com/files/28511460/Lucinda_Williams_-_Car_wheels_on_a_gravel_road.zip.html

Dicen los que saben que Lucinda Williams es demasiado buena para este mundo. Quizá sea cierto, aunque también sería injusto no tenerla. No se hacen muchos discos como los de ella, preciosos y a un tiempo preciosistas, dos cosas que curiosamente no suelen ir bien juntas. No graba mucho, pero así es con todo artista exquisito. Además opera aquí una cuestión de simple imposibilidad: no se puede producir algo tremendamente bueno cada dos por tres —al menos que sea cierto eso de que debería pertenecer a un mundo mejor, y no a este.
Pero las buenas cosas llevan su tiempo y ella lo sabe más que nadie. O mejor dicho sus músicos, a quienes no duda en hacerles grabar el disco entero de nuevo si no quedó del todo bien. Esto es poco. Hay que decir: del todo sublime. En más de treinta años como compositora, cantante y guitarrista, Lucinda ha grabado apenas un puñado de discos. Y todos han pasado frente a nuestras narices como el arte verdadero suele pasar: silenciosa, calladamente, para que después, quizá mucho después, cuando ya estemos listos, vayamos corriendo a buscarlos.
No sé mucho de inglés, pero me late que todas sus canciones hablan de cierto peligro, o imposibilidad, el amor. Se puede percibir que se trata de ello nada más “oyendo” cómo canta, o susurra o grita o dibuja en el aire sus canciones. O viendo nada más lo que hacen en nosotros.
En lo personal, su música me hace acordar mucho a Kate, el personaje de la serie Lost. Son canciones de una mujer que huye. Tal vez de lo más peligroso, lo imposible, lo perfecto, lo ya descrito, lo que no se puede describir.
Car Wheels on a Gravel Road es su quinto disco.

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